Exponer en el Circuito de Arte de Cartagena fue una experiencia profundamente enriquecedora, marcada por el encuentro entre mi obra, la ciudad y una comunidad artística vibrante. Participar en este evento —y recibir un reconocimiento por mi escultura— no solo representó un logro importante en mi trayectoria, sino también un espacio de conexión con el arte colombiano desde una perspectiva abierta, diversa y profundamente caribeña.
Desde el primer momento fui recibido con una calidez especial por parte de la directora de la Alianza Francesa, cuya hospitalidad y apoyo hicieron que mi llegada se sintiera como un verdadero encuentro cultural. Ella no solo abrió las puertas de la institución, sino también de un diálogo sincero sobre el papel del arte en la ciudad, su proyección internacional y el valor de crear puentes entre lenguajes y territorios.
El entusiasmo de los curadores y organizadores del circuito fue igualmente inspirador. Escuchar sus lecturas sobre mi obra, sus preguntas y la forma en que conectaron la pieza con temas contemporáneos me recordó la importancia del intercambio crítico y del acompañamiento curatorial. Sentí un verdadero interés por mi proceso y una admiración genuina que me motivó a seguir profundizando en mi investigación escultórica.
Y, por supuesto, todo esto sucedió en Cartagena: un lugar donde la luz, el color y el ritmo del Caribe lo envuelven todo. Caminar por sus calles coloniales, ver cómo el mar se filtra en la vida diaria, sentir la mezcla de historia y fiesta en el aire… fue un regalo adicional que hizo aún más memorable mi participación. En ese entorno vibrante, mi obra encontró un nuevo contexto, uno cargado de energía, textura y humanidad.
Ser parte del Circuito de Arte de Cartagena fue, en esencia, un viaje de reconocimiento mutuo: de mi trabajo hacia la ciudad, y de la ciudad hacia mi trabajo. Me llevo el honor del premio, sí, pero también la certeza de que el arte tiene la capacidad de unir territorios y de abrir nuevas rutas en cada encuentro.


