Participar en el Simposio del Monasterio de Siloe fue una de esas experiencias que dejan una huella profunda, no solo en la obra que se crea, sino también en la forma en que uno entiende el acto de esculpir. El monasterio, ubicado en lo alto de las colinas toscanas, es un lugar donde el silencio no es ausencia, sino presencia: una invitación constante a escuchar, observar y afinar la sensibilidad. Allí, cada golpe sobre la piedra parece dialogar con la historia, con la tierra y con algo que va más allá de uno mismo.
Trabajar en este entorno fue un encuentro entre mi proceso creativo y la atmósfera espiritual del lugar. La arquitectura contemporánea del monasterio, su vínculo con la luz natural y la fuerte relación con el paisaje influyeron en mi aproximación a la obra. Esculpir se convirtió en un acto de contemplación activa, donde cada decisión formal surgía de una mezcla entre intuición, técnica y una profunda conexión con el entorno. Mi pieza, desarrollada durante el simposio, buscó integrar ese diálogo entre interior y exterior, entre lo visible y lo esencial, entre materia y vacío.
Uno de los aspectos más enriquecedores fue compartir este tiempo con otros artistas, monjes y visitantes. El intercambio de ideas, la convivencia en un ritmo pausado y las conversaciones espontáneas en el taller o durante las comidas crearon un ambiente de verdadera comunidad creativa. Allí comprendí —una vez más— que el arte no sucede aislado: se nutre del contexto, de los gestos cotidianos, de la escucha y de la presencia.
Volví del Monasterio de Siloe con una obra terminada, sí, pero también con una visión renovada sobre mi práctica. La experiencia reafirmó mi interés por explorar la relación entre espiritualidad, naturaleza y forma escultórica, y por seguir construyendo puentes entre tradición y contemporaneidad. Ese lugar, con su calma intensa y su luz siempre cambiante, se convirtió en un punto de inflexión en mi camino como escultor.



